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Lecturas del 25 - 29 de Octubre


LUNES 25 DE OCTUBRE



EL DESCUBRIMIENTO MÁS LIBERADOR

• Filipenses 3: 1 •




Nunca antes me habían enseñado que Dios es glorificado cuando nos gozamos en él. Tal gozo en Dios es precisamente lo que hace que la alabanza sea un honor a Dios y no una hipocresía.


No obstante, Jonathan Edwards lo dijo de un modo muy claro y poderoso:


Dios se glorifica a sí mismo en las criaturas también de dos maneras: 1. Al aparecerse en... su entendimiento. 2. En comunicarse a sí mismo al corazón de ellos; y en el gozo y el deleite y disfrute de ellos en las manifestaciones que Dios hace de sí mismo... Dios es glorificado no solo porque ellos ven su gloria, sino también porque se regocijan en ella.


Cuando aquellos que ven su gloria se deleitan en ella, Dios es más glorificado que si solo la vieran... El que da testimonio de su idea de la gloria de Dios [no] glorifica a Dios tanto como el que también da testimonio de su aprobación de esa gloria y de su deleite en ella.


Este fue un descubrimiento impactante para mí. Debo buscar el gozo en Dios si he de glorificarlo como a la Realidad de más alta estima del universo. El gozo no es una simple opción que acompaña a la adoración. Es un componente esencial de la adoración.

Hay un nombre que le damos a aquellos que elogian aunque no se deleiten en el objeto de su alabanza: hipócritas. Este hecho —que alabar significa tener un placer consumado, y que el propósito más sublime del hombre es beber más y más de este placer— quizás haya sido el descubrimiento más liberador de mi vida.




 

MARTES 26 DE OCTUBRE



DIOS NO ESTÁ DEPRIMIDO

• Salmos 33: 10-11 •


«Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que le place» (Salmos 115:3). La implicación de este pasaje es que Dios tiene el derecho de hacer lo que lo haga feliz, y cuenta con el poder para llevarlo a cabo. Esto es lo que significa decir que Dios es soberano.


Pensémoslo por un momento: si Dios es soberano y puede hacer lo que le plazca, entonces ninguno de sus propósitos puede ser frustrado. «El Señor hace nulo el consejo de las naciones; frustra los designios de los pueblos. El consejo del Señor permanece para siempre, los designios de su corazón de generación en generación»

(Salmos 33:10-11).


Y si ninguno de sus propósitos puede ser frustrado, entonces él debe ser el más feliz de todos los seres vivientes.


Esta felicidad infinita y divina es la fuente de la que el cristiano (hedonista) bebe y anhela beber más y más.

¿Se imaginan cómo sería todo si el Dios que gobierna el mundo no fuera feliz? ¿Qué pasaría si Dios fuera dado a la queja, el refunfuño y la depresión, como un gigante caprichoso que habita en el cielo? ¿Qué pasaría si Dios estuviera frustrado y abatido y deprimido y taciturno y triste y desanimado?


¿Podríamos entonces decir junto a David: «Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua» (Salmos 63:1)? Lo dudo.


Todos nos relacionaríamos con Dios como los niños pequeños que tienen un padre frustrado, abatido, taciturno y desanimado. No pueden disfrutar su compañía. Solo pueden intentar no molestarlo, o quizás tratar de hacer algo para ganar un poco de su favor. El objetivo del hedonista cristiano es ser feliz en Dios, deleitarse en él, regocijarse en él y disfrutar de su comunión y favor.


 

MIÉRCOLES 27 DE OCTUBRE



APROPIÁNDONOS DE LAS PROMESAS DE DIOS

• Juan 14: 13-14 •


Tengo la impresión de que para muchos cristianos el problema más serio radica en creer en las promesas de Dios. Es verdad que son lindas palabras y nos animan, pero no podemos dejar de preguntarnos: ¿Funcionan en realidad?


Inconscientemente, al menos, nos cuestionamos si Dios es fiel a sus promesas.

El evangelista Moody declaró con confianza: “Dios nunca hizo una promesa que fuera demasiado maravillosa como para ser verdad”. Piense en esa aseveración.


En el Antiguo Testamento leemos: “No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la Casa de Israel; todo se cumplió” (Josué 21:45. Compare con Josué 23:14-15). Años más tarde Salomón declaró: “Bendito sea Jehová que ha cumplido su promesa y ha dado reposo a su pueblo Israel; ni una palabra ha dejado de cumplir de todas las maravillosas promesas dadas por su siervo Moisés” (1 Reyes 8: 56).


Ninguna de las promesas de Dios ha faltado. Todas se han cumplido. Los únicos absolutos que podemos proclamar son aquellos que hallamos en la Palabra de Dios. El hombre tiene conocimientos y puede adquirir más independientemente de la revelación de Dios, pero la Biblia testifica de cosas que van más allá de todo eso.


Dios muchas veces ha hecho declaraciones en Su Palabra de verdad, y ha dado a su pueblo “preciosas y grandísimas promesas” (2 Pedro 1:4).

Algunas de sus promesas fueron hechas específicamente a un individuo (Josué 14:9), a un grupo de personas (Deuteronomio 15:18) o incluso a una nación (Hageo 1:13). Debemos tener cuidado de no pedir a Dios el cumplimiento de promesas que fueron dadas de manera específica a otra persona. Afortunadamente, muchas de las promesas del Antiguo Testamento, están repetidas en el Nuevo, y son nuestras para pedirlas a Dios hoy también. Dios prometió a Josué: “No te dejaré ni te desampararé” (Josué 1:5). En Hebreos 13:5 Dios transfiere esa promesa a nosotros como cristianos.


El predicador Carlos Spurgeon señaló: “Oh hombre, te ruego, no trates las promesas de Dios como si fueran curiosidades para un museo; sino créelas y úsalas”. Nos apropiamos de las promesas de Dios aprendiéndolas (a través del estudio y la memorización), viendo nuestra necesidad de ellas, y dándole tiempo a Dios para que las haga parte de nuestra experiencia diaria.


El teólogo J.I. Packer dice: “Antes de conceder Sus promesas, Dios enseña al creyente a valorar esos regalos que promete haciendo que el creyente espere por ellos, y obligándolo a orar persistentemente para recibirlos”.

Dios ha prometido satisfacer todas nuestras necesidades. Pero, por otra parte, debemos pedir su provisión. Cristo dice: “Pide y se te concederá lo que pidas. Busca y hallarás. Toca y te abrirán” (Mateo 7:7 BD).

Cada una de las promesas que podemos pedir en el nombre de Cristo, están garantizadas y serán cumplidas por Dios en nuestro favor para Su gloria (Juan 14:13-14; 2 Corintios 1:20).



 

JUEVES 28 DE OCTUBRE



AMOR ABSOLUTO, SOBERANO Y TODOPODEROSO

• Éxodo 34: 6 •


Dios abunda en misericordia y verdad.


Hay dos imágenes que vienen a mi mente:


1. El corazón de Dios como un manantial de agua inagotable que desborda en amor y verdad en la cima de la montaña.


2. El corazón de Dios como un volcán que hierve de amor a tal temperatura que explota en una erupción en la cima de la montaña y fluye año tras año con la lava del amor y la verdad.


Cuando Dios usa la palabra abundante, su intención es hacernos entender que los recursos de su amor son ilimitados. En cierto modo, él es como el gobierno: cuando hay una necesidad, simplemente puede imprimir más dinero para cubrirla.


Sin embargo, la diferencia es que Dios tiene un tesoro infinito de amor dorado para cubrir todas las emisiones de monedas. El gobierno solamente vive en un mundo de ensueño. Pero Dios cuenta, de un modo muy realista, con los recursos infinitos de su deidad.


La existencia absoluta, la libertad soberana y la omnipotencia de Dios son la plenitud volcánica que explota en un desborde de amor. La pura magnificencia de Dios consiste en que él no nos necesita para cubrir ninguna deficiencia en él. Por el contrario, es su infinita autosuficiencia la que se derrama en forma de amor sobre nosotros, quienes lo necesitamos.


Podemos confiar en su amor precisamente porque creemos en lo absoluto de su existencia, en la soberanía de su libertad y en lo ilimitado de su poder.



 

VIERNES 29 DE OCTUBRE



SE HARÁ JUSTICIA

• Romanos 12: 19 •



A todos nosotros nos han tratado con injusticia alguna vez. La mayoría de nosotros, probablemente, fuimos tratados de un modo realmente injusto por alguien que jamás nos pidió disculpas ni hizo algo que fuera suficiente para enmendar la situación.


Y uno de los grandes obstáculos que se nos presentan para dejar ir el dolor y la amargura es la convicción —la convicción justificada— de que debería hacerse justicia, de que el universo mismo se desmoronaría si las personas pudieran simplemente salirse con la suya cometiendo horribles injusticias y engañando a los demás.


Ese es uno de los impedimentos para el perdón y para abandonar el rencor. No es el único —ya que también tenemos que lidiar con nuestro propio pecado— pero es un impedimento real.


Sentimos que olvidar sería como admitir que simplemente no se hará justicia. Y no podemos hacer eso.


Por eso, nos aferramos a la ira y repetimos la misma historia una y otra vez con los sentimientos: No tendría que haber sucedido, no debería haber sucedido, estuvo mal, fue injusto. ¿Cómo puede estar tan feliz mientras yo estoy tan deprimido? Eso no está bien. ¡No está nada bien!

Dios nos dio las palabras de Romanos 12: 19 para quitar esta carga de nuestras espaldas.


«Nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios»: ¿qué significa eso para nosotros?


Hacer a un lado la carga de la ira, hacer a un lado la costumbre de abrigar nuestras heridas con sentimientos de rencor —hacer todo eso a un lado— no significa que no hemos sido tratados con injusticia

No significa que no hay justicia, ni que no seremos reivindicados, ni que los que nos trataron así simplemente se saldrán con la suya. No es así.


Significa que cuando hacemos a un lado la carga de la venganza, Dios la toma sobre sí mismo.


No se trata de una manera de vengarse sutilmente. Se trata de poner la venganza en manos de aquel a quien le pertenece.


Se trata de respirar profundo, quizás por primera vez en décadas, y sentir que ahora al fin quizás seamos libres para amar.

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