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Lecturas del 15 - 19 de Noviembre


LUNES 15 DE NOVIEMBRE



SE ACERCA EL DÍA

• Romanos 13: 12 •




Este es un mensaje de esperanza para los cristianos que están atravesando sufrimientos. Es un mensaje de esperanza para los cristianos que aborrecen su propio pecado y ansían librarse de él de una vez por todas. Es un mensaje de esperanza para los cristianos que anhelan que nuestro último enemigo, la muerte, sea vencido y echado al lago de fuego

(Apocalipsis 20: 14).

¿Por qué es un mensaje de esperanza para todos estos cristianos?


«La noche» se refiere a la presente era de oscuridad y a todo el pecado, el sufrimiento y la muerte que hay en ella. ¿Qué dice Pablo al respecto? «La noche está avanzada.» La era del pecado, el sufrimiento y la muerte está a punto de llegar a su fin.


Podrán decir que los 2000 años que transcurrieron después de Pablo parecen como un lento amanecer. Desde cierto punto de vista lo es. Y clamamos: «¿Hasta cuándo, Dios? ¿Hasta cuándo permitirás que se extienda esta era de oscuridad?». Pero la perspectiva bíblica es distinta.


La clave que hace esta perspectiva distinta es que el día ha amanecido en Cristo Jesús. Jesús es el fin de esta era decadente. Él venció al pecado, al dolor, a la muerte y a Satanás. La batalla decisiva ya se dio por terminada. El reino se ha acercado. La vida eterna ha llegado.

Cuando raye el alba —como ocurrió con la venida de Jesús— nadie debería dudar que el día haya llegado. Ni siquiera si el amanecer se prolongara por 2000 años. Es seguro. El día ha llegado y nada impedirá que el sol ascienda.




 

MARTES 16 DE NOVIEMBRE



DIOS DEMUESTRA SU AMOR

• Romanos 5: 8 •


Observe que el verbo demuestra está en tiempo presente y murió está en tiempo pasado.


El uso del tiempo presente implica que esta demostración es un acto continuo que sigue sucediendo en el presente del día de hoy y seguirá sucediendo en el presente del día de mañana.


El uso del tiempo pasado en el verbo murió implica que la muerte de Cristo sucedió una vez y para siempre, de modo que no volverá a suceder. «Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pedro 3: 18).


¿Por qué Pablo usa el tiempo presente («Dios demuestra»)? Uno esperaría que Pablo dijera «Dios demostró (en tiempo pasado) su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». ¿O acaso no fue la muerte de Cristo la demostración del amor de Dios? ¿No fue esa demostración en el pasado?


Creo que la clave se encuentra unos versículos antes. Pablo acababa de decir que «la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza; y la esperanza no desilusiona» (Vs. 3-5).

En otras palabras, el objetivo de todas las circunstancias por las que Dios nos hace atravesar es la esperanza. Quiere que sintamos una esperanza inamovible en tiempos de tribulación.


¿Cómo podemos lograrlo?

Pablo responde en la línea siguiente: «porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado» (v. 5). El amor de Dios «ha sido derramado en nuestros corazones». El tiempo verbal indica que el amor de Dios fue derramado en nuestros corazones en el pasado (en el momento de nuestra conversión) y que todavía está presente y activo.


Dios demostró su amor por nosotros al entregar a su propio Hijo para que muriera una vez y para siempre en el pasado por nuestros pecados (v. 8). No obstante, él también sabe que necesitamos experimentar este amor pasado como una realidad presente (hoy y mañana) para tener paciencia, un carácter probado y esperanza.


Por consiguiente, no solo lo demostró en el Calvario; lo sigue demostrando ahora mismo mediante el Espíritu. Lo hace abriendo los ojos de nuestro corazón para que «saboreemos y veamos» la gloria de la cruz y la garantía que ésta nos da de que nada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús (Romanos 8: 39).



 

MIÉRCOLES 17 DE NOVIEMBRE



CÓMO PEDIR PERDÓN

• 1 Juan 1: 9 •


Recuerdo que uno de mis profesores del seminario decía que una de las mejores pruebas para evaluar la teología de una persona es observar el efecto que ésta produce en su modo de orar.


Esa verdad me impactó debido a lo que estaba sucediendo en mi propia vida. Noël y yo recién nos habíamos casado y estábamos formando el hábito de orar juntos todas las noches. Pude observar que mientras cursaba aquellas asignaturas de estudio bíblico, las cuales iban moldeando más a fondo mi teología, mis oraciones iban cambiando dramáticamente.


Probablemente el cambio más significativo en esos días fue que estaba aprendiendo a exponer mi causa delante de Dios sobre el fundamento de su gloria. El hecho de que mis oraciones empezaran con «santificado sea tu nombre» y terminaran con «en el nombre de Jesús» significaba que la gloria de Dios era el objetivo y la base de cada una de mis oraciones.


Fui inmensamente fortalecido cuando entendí que mis oraciones por perdón no debían apelar solo a la misericordia de Dios, sino también a su justicia, exaltando así el valor de la obediencia de su Hijo: «Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados» (1 Juan 1: 9).


El fundamento de todo perdón de pecados se revela con más claridad en el Nuevo Testamento que en el Antiguo, pero el fundamento del compromiso de Dios con su propio nombre no se altera.


Pablo enseña que en la muerte de Cristo Dios manifestó su justicia al pasar por alto los pecados, y la reivindicó al justificar a los impíos que confían en Jesús y no en sí mismos (Romanos 3: 25-26).

En otras palabras, Cristo murió una vez y para siempre para limpiar el nombre de Dios de lo que parece ser un grave error de justicia: la absolución de los pecadores simplemente por causa de Jesús. Sin embargo, debido al modo en que Jesús murió, el perdón «por causa de Jesús» equivale al perdón «por causa del nombre de Dios».



 

JUEVES 18 DE NOVIEMBRE



UNA MOTIVACIÓN PELIGROSA

• Romanos 11: 35-36 •


Cuando nos referimos a la obediencia, la gratitud es una motivación peligrosa, ya que suele expresarse en términos de deuda. Un ejemplo sería: «Observemos cuánto ha hecho Dios por nosotros. ¿No deberíamos hacer algo por él como muestra de gratitud?». Otro ejemplo es: «Todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios. ¿Qué hemos hecho por él a cambio?».


Tengo por lo menos tres objeciones a este tipo de motivación.


Primero, es imposible devolver a Dios toda la gracia que nos ha dado. No podemos ni siquiera empezar a devolverle algo, ya que Romanos 11: 35-36 dice: «¿Quién le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar? [Respuesta: ¡nadie!] Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre». No podemos pagarle por lo que nos dio porque él ya posee todo lo que tenemos para darle.


Segundo, aun si lográramos pagarle por toda la gracia que recibimos de él, solo acabaríamos convirtiendo la gracia en una transacción comercial. Si hubiera una forma de pagarle por su gracia, entonces ya no sería gracia. Si alguien intentara demostrar el afecto que tiene hacia nosotros invitándonos a cenar y al terminar la velada nosotros dijéramos que le devolveremos el favor invitándolo a cenar a nuestra casa la semana siguiente, entonces estaríamos anulando la gracia de esa persona y convirtiéndola en un intercambio. Dios no quiere que su gracia se anule: se deleita en que su gracia sea glorificada

(Efesios 1: 6, 12, 14).

Tercero, hacer hincapié en la gratitud como motivación para la obediencia tiende a pasar por alto la importancia de tener fe en la gracia venidera de Dios. La gratitud mira hacia atrás y, al ver la gracia recibida en el pasado, se siente agradecida. La fe mira hacia la gracia prometida para el futuro y se siente llena de esperanza. «La fe es la certeza de lo que se espera» (Hebreos 11: 1).

La fe en la gracia por venir es la motivación para esa obediencia que preserva la virtud de la obediencia humana. La obediencia no consiste en pagarle a Dios por su gracia y hacer de ella una transacción comercial. La obediencia viene de confiar en que Dios dará más gracia —gracia venidera— y por lo tanto exalta los infinitos recursos del amor y del poder de Dios. La fe mira hacia la promesa: «estaré contigo dondequiera que vayas» (Josué 1: 9) y se aventura, en obediencia, a conquistar la tierra.



 

VIERNES 19 DE NOVIEMBRE



SIETE FUENTES DE GOZO

• 2 Corintios 7: 4 •



Algo extraordinario acerca de Pablo era que cuando las cosas no iban bien, su gozo era increíblemente duradero.


¿De dónde provenía este gozo?

Primeramente, Jesús lo enseñó: «Bienaventurados sois cuando los hombres os aborrecen... Alegraos en ese día y saltad de gozo, porque he aquí, vuestra recompensa es grande en el cielo» (Lucas 6: 22-23). Las tribulaciones por causa de Cristo incrementan nuestros intereses en el cielo—los cuales perduran mucho más que la tierra—.


Segundo, proviene del Espíritu Santo, no de nuestros esfuerzos, ni de nuestra imaginación, ni de la educación que nos dio nuestra familia. «El fruto del Espíritu es... gozo» (Gálatas 5: 22). Hemos recibido la palabra «en medio de mucha tribulación, con el gozo del Espíritu Santo»

(1 Tesalonicenses 1: 6).


Tercero, se debe a que pertenecemos al reino de Dios: «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Romanos 14: 17).


Cuarto, viene por medio de la fe, es decir, por creer en Dios. «Y el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer» (Romanos 15: 13) «Sé que permaneceré y continuaré con todos vosotros para vuestro progreso y gozo en la fe»

(Filipenses 1: 25).

Quinto, proviene de ver y conocer a Jesús como Señor. «Regocijaos en el Señor siempre» (Filipenses 4: 4).

Sexto, surge de otros creyentes que trabajan arduamente para ayudarnos a enfocar nuestra atención en estas fuentes de gozo y no en circunstancias engañosas. «Somos colaboradores con vosotros para vuestro gozo» (2 Corintios 1: 24).

Séptimo, proviene del efecto santificador de las tribulaciones. «También nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza» (Romanos 5: 3-4).

Si todavía no somos como Pablo, él nos llama a serlo: «Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1 Corintios 11: 1). Para la mayoría de nosotros, este es una llamado a orar con fervor. Es una vida sobrenatural.

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