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Lecturas del 18 - 22 de Octubre


LUNES 18 DE OCTUBRE



VIVAMOS CONFIADOS DEL PODER DE DIOS

• Efesios 1: 19 •



La omnipotencia de Dios es nuestro refugio eterno e inamovible en la gloria eterna de Dios, sin importar lo que suceda en esta tierra. Y esa confianza es el poder que permite una obediencia radical al llamado de Dios.


¿Hay algo más liberador, más emocionante, más fortalecedor que la verdad de que el Dios Todopoderoso es nuestro refugio en cada una de nuestras experiencias de vida —ordinarias y extraordinarias— todos y cada uno de los días?


Si creyéramos esto, si en verdad dejáramos que la verdad acerca de la omnipotencia de Dios se apoderara de nosotros, ¡cuán notoria sería la diferencia que produciría en nuestra vida personal y en nuestro ministerio! ¡Cuán humildes y poderosos nos volveríamos para los propósitos de salvación de Dios!


La omnipotencia de Dios es un refugio para el pueblo de Dios. Y cuando en verdad creemos que nuestro refugio es la omnipotencia del Dios Todopoderoso, hay un gozo y una libertad y un poder que se desborda en una vida de obediencia radical a Cristo Jesús.


La omnipotencia de Dios implica reverencia, recompensa y refugio para el pueblo de su pacto.


Los invito a aceptar los términos del pacto de la gracia: apártense del pecado y confíen en el Señor Jesucristo, y la omnipotencia del Dios Todopoderoso será la reverencia de su alma, la recompensa de sus adversarios, y el refugio de su vida —para siempre.



 

MARTES 19 DE OCTUBRE



JESÚS Y SU BÚSQUEDA DE GOZO

• Hebreos 12: 2 •


¿Será que el ejemplo de Jesús contradice el principio del hedonismo cristiano? Ese principio consiste en que el amor es el camino al gozo y que uno debiera elegirlo por esa misma razón, no vaya a ser que nos encontremos obedeciendo al Todopoderoso de mala gana, o que nos irrite el privilegio de ser un canal de la gracia, o que estemos menospreciando la recompensa prometida.


Hebreos 12:2 demuestra de un modo bastante claro que Jesús no contradice este principio.


La mayor obra de amor de todos los tiempos fue posible porque Jesús iba en pos de un gozo mayor de lo que podamos imaginar, es decir, el gozo de ser exaltado a la diestra de Dios en medio de la asamblea de un pueblo redimido: «por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz».


Al decir esto, el escritor tiene la intención de poner a Jesús como otro ejemplo, junto con los santos mencionados en Hebreos 11: aquellos que estaban tan entusiasmados y confiados en el gozo que Dios les ofrecía, que rechazaron los «placeres temporales del pecado» (11:25) y que eligieron ser maltratados con tal de estar alineados con la voluntad de Dios.


Por lo tanto, no es contrario a la Biblia afirmar que lo que sostuvo a Cristo en las horas oscuras en Getsemaní fue la esperanza del gozo que hallaría más allá de la cruz. Esto no cambia la realidad y la grandeza de su amor por nosotros, porque el gozo en el que su esperanza estaba puesta era el gozo de llevar muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10).


Su gozo radica en nuestra redención, que redunda en la gloria de Dios. La posibilidad de abandonar la cruz y, por lo tanto, abandonarnos a nosotros y renunciar a cumplir la voluntad del Padre, presentaba un panorama tan horroroso a la mente de Cristo que él rechazó esta posibilidad y abrazó la muerte.


 

MIÉRCOLES 20 DE OCTUBRE



LA VIDA DEPENDE DE LA PALABRA DE DIOS

• Deuteronomio 32: 46-47 •


La Palabra de Dios no es una nimiedad; es una cuestión de vida o muerte. Si tratáramos las Escrituras como palabras triviales o vacías, esto nos costaría la vida.


Incluso la vida de nuestro cuerpo físico depende de la Palabra de Dios, porque por su Palabra fuimos creados (Salmos 33:6; Hebreos 11:3) y él «sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (Hebreos 1:3).


Nuestra vida espiritual empieza por la Palabra de Dios: «En el ejercicio de su voluntad, Él nos hizo nacer por la palabra de verdad» (Santiago 1: 18); «Pues habéis nacido de nuevo... mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 Pedro 1: 23).


No solo empezamos a vivir por la Palabra de Dios, sino que también seguimos viviendo por la Palabra de Dios: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4: 4; Deuteronomio 8: 3).


Nuestra vida física fue creada y sigue en pie por la Palabra de Dios, y nuestra vida espiritual surge y se sostiene por la Palabra de Dios. ¡Cuántas historias podríamos reunir que dieran testimonio del poder que la Palabra de Dios tiene para dar vida!

Sin lugar a dudas, la Biblia «no es una palabra inútil» para nosotros: ¡es nuestra vida! El fundamento de todo gozo es la vida. No hay nada más básico que la pura existencia —nuestra creación y la preservación de nuestra vida—.


Todo esto se lo debemos al poder de la Palabra de Dios. Por medio de este mismo poder, Dios habló en las Escrituras, para la creación y el sustento de nuestra vida espiritual. Por lo tanto, la Biblia no es palabra inútil, sino la vida misma: ¡la llama que enciende nuestro gozo!



 

JUEVES 21 DE OCTUBRE



EL PODER DE UNA PROMESA SUPERIOR

• Salmos 119: 45 •


Un componente esencial del gozo es la libertad. Ninguno de nosotros estaría feliz si no estuviéramos libres de aquello que aborrecemos y libres para hacer lo que amamos.

¿Dónde encontramos la verdadera libertad? Salmos 119: 45 dice: «Y andaré en libertad, porque busco tus preceptos».

La imagen que se nos presenta es una de espacios abiertos. La Palabra nos libra de tener una mente estrecha (1 Reyes 4: 29) y de un confinamiento amenazante (Salmos 18: 19).

Jesús dijo: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8: 32). La libertad a la que se refiere es la libertad de la esclavitud del pecado (versículo 34); o dicho en términos positivos, es la libertad para alcanzar la santidad.


Las promesas de la gracia de Dios nos dan el poder que convierte las demandas de la santidad de Dios en una experiencia de libertad en lugar de miedo. Pedro describió el poder liberador de las promesas de Dios en su carta: «Nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia» (2 Pedro 1: 4).


En otras palabras, cuando confiamos en las promesas de Dios, cortamos la raíz de la depravación por el poder de una promesa superior.


La Palabra que quiebra el poder de los placeres banales es sumamente crucial. ¡Cuán diligentes debiéramos ser en iluminar nuestro camino y llenar nuestro corazón de la Palabra de Dios!


«Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino» (Salmos 119:105).

«En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti» (Salmos 119: 11; ver el versículo 9).



 

VIERNES 22 DE OCTUBRE



LA DIMENSIÓN DE LAS PROMESAS DEL SEÑOR

• 1 Juan 1: 5-7 •



El ser humano fue creado para vivir en tres dimensiones.


1. La dimensión física: ésta concierne a la materia y sus leyes, propiedades y fenómenos. Lo físico es lo que nos ata a la tierra.


2. La dimensión del alma: pertenece al campo psicológico. En esta dimensión encontramos tres partes: el intelecto, las emociones y la voluntad. El alma por consiguiente toma las decisiones y a través de ella podemos entendernos y distinguirnos como seres humanos.


3. La dimensión del espíritu: El espíritu nos pone en contacto con Dios. El ser humano, a diferencia de los animales, se distingue porque posee la capacidad de tener contacto real y personal con Dios. Y el mensaje de Jesucristo nos enseña precisamente que usted y yo podemos tener amistad con Dios y conocerle en forma personal.


En 1 Juan capítulo 1 el apóstol dice: “Así pues, les escribimos estas cosas, para que su alegría sea completa. Este es el mensaje que nos enseñó Jesucristo y que les anunciamos a ustedes; que Dios es luz y no hay nada de oscuridad en Dios. Si decimos que estamos unidos con Él y al mismo tiempo vivimos en oscuridad, mentimos en lo que decimos y hacemos. Pero si vivimos en la luz, como Dios está en la luz, entonces estamos unidos los unos con los otros y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”.


El ser humano es un espíritu que vive separado de Dios por causa del pecado. Jesucristo es nuestro intercesor directo ante Dios pues murió por nuestros pecados y resucitó para hacernos partícipes de una dimensión espiritual con Dios.

Cuando uno recibe a Jesucristo en el corazón, el Espíritu de Dios comienza a morar en nuestro ser, haciéndonos hijos de Dios. Es algo misterioso, no hay duda. Y Jesús lo dijo según el Evangelio de San Juan capítulo 3: “El viento sopla de donde quiere, y tú oyes su sonido, pero ni sabes de dónde viene ni a dónde va, y así es todo aquel que es nacido del Espíritu de Dios”.


Todo ser humano tiene capacidad de experimentar una dimensión espiritual. El apóstol Pablo dice en 1 Corintios capítulo 6: “El que se une con el Señor, un espíritu es con Él”.

Es decir, cuando Cristo entra a nuestro corazón, quedamos unidos con Dios y a esto se le llama “nacer otra vez”.


Si usted todavía no goza de esa bella experiencia, está perdiendo la parte más importante de su vida, la dimensión espiritual.

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