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Lecturas del 13 - 17 de Septiembre


LUNES 13 DE SEPTIEMBRE


COMPLACIDO EN ALABAR

• Salmos 67: 3, 5 •




¿Por qué demanda Dios que lo alabemos?



C. S. Lewis dice:

Así como los hombres alaban espontáneamente lo que sea que valoren, también espontáneamente nos instan a unirnos a ellos en la alabanza del objeto de su adoración: “¿No es encantadora? ¿No fue glorioso? ¿No cree que eso fue magnífico?”


Cuando los salmistas nos dicen que alabemos a Dios, lo que están haciendo es lo que todos los hombres hacen cuando hablan de aquello que les interesa. La única dificultad, y más general, que yo tenía respecto de la adoración a Dios dependía de que me negaba de un modo absurdo, en relación al Tesoro supremo, a hacer lo que todos nos deleitamos en hacer, lo que en verdad no podemos evitar hacer, con todas las demás cosas que valoramos.


Creo que nos gozamos al alabar aquello que disfrutamos porque la alabanza no es una mera expresión de ese disfrute, sino que lo completa: es su consumación establecida. No es tan solo con la intención de hacerse cumplidos que los amantes se dicen una y otra vez cuán bellos son; el deleite es incompleto hasta que se expresa.


¡Esa es la solución! Alabamos aquello en lo que nos deleitamos porque nuestro deleite queda incompleto hasta que se ve expresado en la alabanza. Si no se nos permite hablar de aquello que valoramos, celebrar aquello que amamos, y adorar aquello que admiramos, nuestro gozo no puede ser completo.


Por lo tanto, si el amor de Dios hacia nosotros es suficiente para completar nuestro gozo, él no solo debe darse a sí mismo, también debe ganarse la alabanza de nuestros corazones: no porque necesite reforzar alguna debilidad suya o compensar alguna deficiencia, sino porque nos ama y busca la plenitud de nuestro gozo —que solo se encuentra al conocerlo y alabarlo a él, el más magnífico de todos los seres vivientes—.


Si Dios realmente es por nosotros, ¡debe ser por sí mismo! Dios es el único Ser en todo el universo para quien la búsqueda de su propia alabanza es finalmente un acto de amor. Para él, la exaltación de su propio nombre es la mayor de las virtudes. Cuando Dios hace todas las cosas «para la alabanza de su gloria», preserva y ofrece lo único en todo el mundo que puede satisfacer nuestros anhelos.


¡Dios es por nosotros! Y el fundamento de este amor es que Dios ha sido,

es y siempre será por sí mismo.



 

MARTES 14 DE SEPTIEMBRE


DIOS NO ES UN IDÓLATRA

• 2 Tesalonicenses 1: 10 •


La enseñanza de que Dios exalta su propia gloria y busca ser alabado por su pueblo es de tropiezo para algunos porque la Biblia nos enseña a no ser así. Por ejemplo, la Biblia dice que el amor «no busca lo suyo» (1 Corintios 13: 5).


¿Cómo puede Dios ser amoroso y al mismo tiempo tener una devoción absoluta en la búsqueda de su propia gloria, alabanza y gozo? ¿Cómo puede Dios estar a nuestro favor si lo consume el deseo de actuar a su propio favor?


La respuesta que propongo es la siguiente: como Dios es el único Ser con gloria absoluta y total autosuficiencia, él debe actuar a su favor para actuar a nuestro favor. Las reglas de la humildad a las que se atiene una criatura no se pueden aplicar del mismo modo a su Creador.


Si Dios apartara la mirada de sí mismo como la Fuente del gozo infinito, dejaría de ser Dios. Estaría negando el infinito valor de su propia gloria. Estaría dándonos a entender que hay algo más valioso fuera de sí mismo. Estaría cayendo en la idolatría.

Esto no sería ganancia para nosotros, porque ¿a quién iríamos si nuestro Dios dejara de ser justo? ¿Adónde encontraríamos, en todo el universo, una Roca de integridad cuando Dios ha dejado de valorar supremamente aquello que es supremamente valioso? ¿Adónde acudiríamos en nuestra adoración si Dios mismo renunciara a su posición de infinito valor y belleza?


No, no es posible convertir la exaltación de Dios en sí mismo en amor demandando que Dios deje de ser Dios.


Al contrario, debemos observar que Dios es amor precisamente por su búsqueda incesante de la alabanza de su nombre en los corazones de su pueblo.



 

MIÉRCOLES 15 DE SEPTIEMBRE


EL MENSAJE DE LA CREACIÓN

• Romanos 1: 22-23 •


Sería una ridiculez y una gran tragedia que un hombre amara más el anillo de bodas que a su novia. Pero este pasaje dice que eso ha sucedido.


Los seres humanos se enamoraron del eco de la excelencia de Dios en la creación y perdieron la capacidad de oír el incomparable grito original de amor.

El mensaje de la creación es el siguiente:

Hay un gran Dios de gloria y poder y generosidad detrás de todo este asombroso universo; ustedes le pertenecen a él; él es paciente sosteniendo su vida rebelde; vuélvanse a él, depositen su esperanza en él y deléitense en él, no en la obra de sus manos.


El día transmite las «palabras» de aquel mensaje a todos los que escucharán en el día, expresándose por medio del deslumbrante sol radiante y el cielo azul y las nubes y todas las incontables formas y colores de todas las cosas visibles. La noche revela la «sabiduría» del mismo mensaje para todos aquellos que escucharán en la noche, expresándose a través de increíbles vacíos en la oscuridad y lunas de verano y estrellas sin número y sonidos extraños y brizas frescas y auroras boreales (Salmos 19:1-2).


El día y la noche proclaman lo mismo: ¡Dios es glorioso! ¡Dios es glorioso! ¡Dios es glorioso!



 

JUEVES 16 DE SEPTIEMBRE


LO MÁS DULCE DEL AMOR DE DIOS

• Efesios 5: 25-26 •


Si lo único que esperamos es recibir el amor incondicional de Dios, nuestra esperanza es fabulosa, pero muy pequeña.

El amor incondicional de Dios no es la experiencia más dulce de su amor. La experiencia más dulce es cuando su amor nos dice: «Te he hecho tan parecido a mi Hijo que me deleito en verte y estar contigo. Eres un placer para mí, por lo mucho que irradias mi gloria».


Esta última experiencia depende de que seamos transformados en la clase de persona cuyas emociones, elecciones y acciones agradan a Dios.

El amor incondicional de Dios es la fuente y el fundamento de la transformación humana que hace posible la dulzula del amor condicional. Si Dios no nos amara de un modo incondicional, él no penetraría nuestra vida poco atractiva para darnos fe, unirnos a Cristo, darnos su Espíritu y hacernos gradualmente cada vez más parecidos a Cristo.


Pero cuando nos elige incondicionalmente y envía a Cristo a morir por nosotros y nos regenera, él pone en marcha un imparable proceso de transformación que nos convierte en seres gloriosos. Nos confiere un esplendor que coincide con lo que más le agrada a él.


Eso es lo que vemos en Efesios 5:25-26: «Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella [el amor incondicional], para santificarla... a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria [esplendor]» —la condición en la que él se deleita—.


Es increíblemente maravilloso que Dios nos dé su favor de manera incondicional cuando todavía somos incrédulos pecadores. La razón principal de que esto sea maravilloso es que tal amor incondicional nos conduce al disfrute eterno de su gloriosa presencia.


Sin embargo, el punto culminante de ese disfrute es que no solo vemos su gloria, sino que también la reflejamos: «que el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en Él»

(2 Tesalonicenses 1:12).



 

VIERNES 17 DE SEPTIEMBRE


SOMBRAS Y ARROYOS

• Salmos 104: 31-34 •



Dios se regocija en la obra de la creación porque ella nos señala, más allá de sí misma, a Dios mismo.Dios quiere que nos maravillemos y nos asombremos por su obra de la creación, pero no por la creación en sí. Él quiere que miremos su creación y digamos: «Si la mera obra de sus dedos (¡solo de sus dedos!, como lo expresa Salmos 8:3) está tan llena de sabiduría y poder y grandeza y majestad y belleza, ¡cuánto más maravilloso ha de ser Dios mismo!».


Estas cosas no son mas que la parte posterior de su gloria, por así decirlo, vista oscuramente a través de un vidrio. ¡Cuán increíble ha de ser contemplar al Creador mismo! ¡No sus obras! Mil millones de galaxias no pueden satisfacer el alma humana. Dios y solamente Dios es lo que satisface el alma.


Jonathan Edwards lo expresó de la siguiente manera:

El deleite en Dios es la única forma de felicidad que realmente puede satisfacer el alma. Ir al cielo, disfrutar a Dios plenamente, es infinitamente mejor que las más placenteras comodidades en este mundo... [Estas] no son sino sombras; Dios es la sustancia. Estas no son sino débiles rayos de luz, mas Dios es el sol. No son más que arroyos; Dios es el océano.


Es por eso que Salmos 104:31-34 concluye de ese modo, con un énfasis en Dios mismo. Al final, no serán ni los mares, ni las montañas, ni los cañones, ni las arañas de agua, ni las nubes, ni las grandes galaxias lo que inundará de asombro nuestro corazón y lo que llenará nuestra boca de alabanza eterna. Será Dios mismo.

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